Frente a las prácticas administrativas que muchas veces tienden a actuar en nombre de la competitividad y de la rentabilidad financiera, este artículo busca mostrar una nueva perspectiva que permita al mundo de la administración ampliar su visión del ser humano y volver a darle un lugar central a a la experiencia vivida, a lo simbólico, a las conversaciones y a la ética.

Administrar un equipo humano más allá de ser una teoría, es un ejercicio subjetivo que pone a prueba nuestras habilidades sociales. En tiempos de la revolución industrial, las empresas jamás hubieran creído posible esta afirmación; la eficiencia y la productividad eran su foco principal y su miopía jamás les permitió tener en cuenta que la esfera social podría influir en el éxito financiero de sus organizaciones.

El mayor indicador de éxito de la época era lograr que los empleados trabajaran más de ocho horas sin parar, evitando que tuvieran espacio para la conversación y el pensamiento crítico. Esta relación tóxica del ser humano y el trabajo trajo consigo un sinnúmero de huelgas e insatisfacciones que llevaron a muchas empresas a replantear su noción de productividad.

Cuando entran en escena las ciencias sociales dentro del saber administrativo, es cuando se empieza a reconocer a los colaboradores como seres humanos partícipes de un grupo social, sujetos a emociones y fieles a manifestaciones culturales. Partir de este hecho es importante para entender que la administración deja de ser una vigilancia inerte de procesos y un sinfín de presiones destructivas, para convertirse en lo que llamaríamos un “arte social”:  crear sinergias, potenciar habilidades, tomar decisiones y acomodar fichas de tal manera que el equipo humano mantenga su capacidad creativa, proactiva y cooperadora.

Romper el viejo paradigma de creer que el administrador tiene personas a su servicio, sino que en realidad él está al servicio de las personas, nos da a entender la responsabilidad del rol administrativo, que implica reconocer al otro como sujeto de derecho.

Administrar entonces se convierte en empatizar, comprender los diferentes estilos de pensamiento, los condicionamientos sociales, culturales y económicos que permean las dinámicas de trabajo, y partir de ahí para aportar al bienestar y desarrollo de los colaboradores.

Esta nueva tendencia le apunta directamente a la sostenibilidad de las organizaciones, pues un equipo sólido y potenciado que permanece motivado y da lo mejor de sí mismo, garantiza el logro de los objetivos organizacionales, a la vez que disminuye los índices de rotación, garantiza la conservación del conocimiento, la cooperación espontánea, la adaptación al cambio y otros factores que suponen un significativo ahorro financiero.

En definitiva, las empresas que aprovechen las tendencias en administración responsable tendrán una ventaja sobre sus competidores y serán más rentables.